El Descenso (texto para exorcisar un sueño)

Para MLHC, el único con el que puedo hablar de estas cosas sin ser enviada al psiquiatra.

Anoche, luego de una de nuestras conversaciones sobre épica, me quedé dormida pensando en la contraparte del viaje del héroe.

Cerré los ojos pensando en el Descenso de Innana.

Me desperté en el inframundo.

Sé que podría ser cualquier otro lugar, algún oneiros sombrío poco utilizado por mi psique, quizá. Pero vamos, que harto he estado allí antes como para no reconocerlo. Y como bien me has dicho tantas veces, no es ni bueno ni malo; simplemente es.

No es muy clara la visión en ese espacio, una especie de nube polvosa lo recubre todo. No se ve más allá de pocos metros. No hay color salvo un sepia lodoso, muerto. Me hallé en la plaza del mercado, sabiendo dónde estaba, pero sin miedo de estar allí. La única presencia luminosa del lugar pasó a mi lado como un soplo de brisa fresca, como sonido de campanas, me acarició la mejilla y se alejó, destellante. Supe que era una invitación a seguirla, que debería haberla seguido, pero me encontraba incapaz de moverme. Un habitante del lugar se me acercó. Tenía aspecto de niño, pero vaya usted a saber. Nada es lo que parece en ese bazar en donde se compran y se venden cosas inimaginables. Ya la ráfaga luminosa se me había perdido de vista, así que seguí al niño, al duende, a lo que fuera.

Ante mí la caverna oscura. Otra vez. Sé que es ridículo, pero una parte de mí está obsesionada por los perros negros de ese lugar ¡Pensar que yo, despierta y lúcida, no quiero mascotas en casa! No recuerdo haber hablado con nadie, pero entendí que todos sabían que iba a por los cachorros de Hécate. No recuerdo tampoco nada más allá de la entrada de la caverna, ni cómo terminé a la orilla de un arroyo perezoso, mirando con curiosidad tres enormes sapos negros, con la sensación de haber sido estafada. Una vez más, allí nada es lo que parece. No es provechoso hacer tratos con ningún lugareño.

Cuando desperté, en lo único que podía pensar era en la presencia luminosa. Le agradecí que tratase de salvarme de un mal negocio. Aún me pregunto por qué no le obedecí. Puse los pies en la tierra. Salí al patio a lavarme con agua de jazmines. A darle la cara al sol, para que me borrara todas las sombras del corazón.

 

Verónica Isabel

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