Otra cosa

Nunca fui buena para los deportes. Los balones para mí no son juguetes. Son el enemigo que ansía partirme un dedo. Odié todas y cada una de las clases de educación física durante la escuela. Los zapatos de goma me parecen feísimos. Cuando me enteré que en la universidad tendría que inscribir deporte como materia obligatoria, me abstuve de maldecir porque soy una dama y de llorar porque era la de mayor edad en toda el aula.

Bailar es otra cosa. En la adolescencia podía bailar por horas, hasta caer descompensada. Para mi alegría absoluta, tuve muchos amigos fiesteros y cada fin de semana probábamos pasos nuevos. En la llegada a la adultez me comí el cuento de que tenía que ponerme seria y estresada. Al cabo de pocos años de trabajar a ritmo demandante como diseñadora en una editorial, mi cuerpo se enojó conmigo y me pasó factura.

-Estás demasiado joven para este tipo de lumbalgia-. Me dijo el médico mientras me expedía una receta y una orden por dos meses de reposo. –Cuando culmines tu descanso– añadió- busca algo de actividad física. Haz deporte-. Joder; pensé.

Subí un par de veces el cerro y me enteré que tengo meniscos delicados. Salí a trotar y tuve un esguince. El gimnasio me aburría. ¿Por qué no bailas algo? Me preguntó mi pareja de ese entonces, quien me había seducido llevándome a bailar, y que junto sus pellizcables kilos de más, tenía meniscos y lumbares perfectos… Ah, bailar; es otra cosa.

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